Esta semana empiezan las clases para 1,3 millones de estudiantes universitarios y no me he podido resistir a escribir un post sobre la calidad de la universidad española, especialmente por su importante incidencia sobre el desarrollo de la llamada sociedad del conocimiento.

Hace unas semanas hojeé el informe que realizó el grupo de expertos del think tank Bruegel, creado por la Unión Europea. Según Bruegel ninguna universidad española está entre las 200 mejores del mundo en materia de investigación. Una crónica de La Vanguardia al respecto era evidente:

“Las universidades de los países del sur y este de Europa, España entre ellos, están a la cola de las del mundo desarrollado. Por el contrario, las de Suiza, Suecia y Reino Unido obtienen resultados muy positivos. Otras, como las de Dinamarca, Finlandia, Bélgica y Holanda, aparecen entre las 200 y las 500 mejores universidades. Los autores del informe advierten que la calidad de las universidades en materia de investigación es ‘directamente proporcional al potencial desarrollo de una economía basada en el conocimiento’ y observan que ‘la falta de inversión en enseñanza superior e investigación limita la contribución de la economía a la innovación y los beneficios de ésta a la economía’, lo cual repercute directamente en el crecimiento económico”.

Otro ránking similar (porque los hay para todo) señala que la Universitat de Barcelona está entre las 200 mejor valoradas del mundo. Si analizamos el comportamiento del conjunto de universidades españolas a partir del análisis del informe Academic Ranking of World Universities que publica anualmente la Universitat Jiao Tong de Xangai, la Unoversitat de Barcelona es la única que logra colarse entre los 200 primeros puestos. La primera del listado (en pdf) es la Universitat de Harvard; la primera europea es Cambridge (4ª) y la Universitat de Barcelona es la primera española (entre el puesto 151 y el 202).

Ante este panorama: ¿dónde queda la sociedad del conocimiento? Hace ya casi 40 años que Peter Drucker (La era de la discontinuidad) acuñó el concepto de sociedad del conocimiento como resultado de las innovaciones en las tecnologías de la información que potenciaban el rol de la información en muchas actividades de la sociedad moderna. En su opinión, el conocimiento se sitúa en el centro de la producción de riqueza, entendido no tanto por su cantidad sino por su productividad. Suena interesante. ¿A qué esperamos?