La obamamanía: Barack Obama y el fenómeno fan en las elecciones estadounidenses I

Annita Orlikoff es una madre de familia acomodada en el impecable y exclusivo barrio de Hyde Park de Chicago, la zona donde vive Barack Obama desde hace 15 años. Con 53 años cumplidos Orlikoff ha recuperado la pasión y el idealismo de sus años de adolescente (los locos años sesenta) y ha abandonado la comodidad de su hogar para hacer campaña por el candidato. Esta pasión le ha llevado a vivir en su propio coche durante tres meses para captar votos y simboliza el éxito de la capacidad de movilización de Obama. Durante unos meses Orlikoff ha vuelto a sentir los ideales de su juventud a través de la figura de Obama, en un procedimiento consciente de construcción de su propia identidad.

Sin duda, su vida durante estos tres últimos meses contrasta con la lujosa mansión que posee en el mismo barrio que el nuevo presidente: su automóvil todavía está repleto de pancartas y materiales promocionales que ocupan todos los asientos traseros. Con este vehículo ha recorrido los estados de Wisconsin e Indiana,
conquistando votos para Obama casa por casa. Orlikoff se ha convertido en una biógrafa de sí misma a partir de la interacción con materiales mediáticos y simbólicos.

El caso de Orlikoff responde claramente al modelo de fan que describe Thompson: “ser fan consiste en organizar la vida diaria de uno mismo de manera que el seguimiento de una determinada actividad (tal como ver deportes), o el cultivo de una relación con determinados productos mediáticos o géneros, llega a constituirse como preocupación central del yo, sirviendo para dirigir una parte significativa de la propia actividad e interacción con los otros” (THOMPSON, 1998: 287).

Tras conocer los resultados electorales Orlikoff se dijo a sí misma: “Felicidades Barack ¡Estamos tan orgullosos de ti!”. De hecho, esta frase ha sido una de las muchas que rebosaban una gigantesca postal de medio metro en la que los viejos vecinos del nuevo presidente electo le felicitaban por su victoria. En Hyde Park se unieron junto a Orlikoff arquitectos, abogados y concejales, una burguesía acomodada que por primera vez en toda su vida adulta decidió salir a la calle para sumarse de forma decidida al grupo de jóvenes que ha creado un movimiento social a partir de la figura de Barack Obama.

La anfitriona de una de las fiestas de celebración más relevantes fue Anita Orlikoff, que establecía una distinción entre fans y no fans cuando reunió a centenares de personas en el patio trasero de una casa que tenía hasta una cancha de tenis. Todos los invitados compartían determinados convencionalismos y dentro de jerarquías de poder y de prestigio fueron agasajados con champán Moët Chandon. En la celebración Adrianne Pitts alzó la copa y dijo: “Ojalá mi abuela estuviera viva para ver esto. Y no digo más porque no quiero empezar a llorar otra vez, que llevo 24 horas llorando”.

Las vidas de todas estas personas se han transformado en paralelo al ascenso de su vecino hacia el liderazgo político, y hoy forma parte de una cierta mitología popular. Pocos vecinos lamentan los inconvenientes de la presencia de Barack Obama en el barrio. Más bien, se sienten parte de su proyecto. La calle de su vivienda está bloqueada al tráfico con verjas custodiadas por la policía, pero una de las vecinas lo tiene muy claro: “Si fuera mi marido yo también querría que hicieran lo mismo”, asegura Pauline Montgomery, que ocupa la casa del 5026 de la Avenida Greenwood, dos puertas más abajo de los Obama. Ya en agosto los servicios secretos plantearon al barrio un serie de medidas de seguridad que, por ejemplo, obligan a Greenwood a entrar por la otra esquina de la calle y a mostrar siempre su acreditación a los policías de guardia.

“Sólo espero que hagan bien su trabajo y lo mantengan seguro. Creo que Dios lo va a proteger, este hombre tiene un destino que cumplir”, aseguró Montgomery.

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